Entramos a los finales de esta segunda edición de Pollerudos (los primeros mil ejemplares se agotaron en el primer año de circulación). Además de agregar otros relatos y como posfacio el comentario de Cristina Corea en la presentación de la primera, decidimos prolongarlo (como el lector ya habrá advertido) y epilogarlo.
Algunos actos sintomáticos comunes a todas, o casi todas las parejas heterosexuales, pueden servirnos de punto de partida para nuestra pretensión, en este epílogo, de condensar y desplegar los conceptos principales que desgrana el desarrollo del libro y algunas formulaciones que el mismo nos permitió encontrar y re-encontrar.
Dichos actos suelen alternarse. 1) Él grita estentóreamente: ¿¡Dónde está mi pañuelo azul!? Éste se halla frente a su nariz, en el lugar que tenía que estar. Igual puede ocurrir con el calzoncillo, las medias, la agenda, el celular o cualquier otra cosa. 2) Ella, revolviendo con desesperación ese mundo que se encierra en su cartera, dice suplicante: No encuentro las llaves. O el pañuelo, los documentos o cualquier otro habitante de ese reducido recinto.
Suele suplir esta escena, en el momento de prepararse para salir, la queja sobre lo mal que le queda todo y que no tiene ropa. Ambos actores suelen turnarse cuando ya afuera notan que alguno se olvidó de algo y hay que volver a buscarlo. No hará falta recordarle a los lectores que estas escenas tan comunes, por lo general originan reyertas tontas. A veces, grandes peleas.
Como podemos apreciar, todas tienen un elemento en común: algo falta. Claro que en espacios diferentes. Alejados de su cuerpo, y “bajo responsabilidad de la esposa”, en el varón. Pegados al cuerpo, casi formando parte, metonímicos de él, en la mujer. Es raro que ésta le eche la culpa al varón de lo que no encuentra. En cambio, es habitual que éste la culpabilice de lo que no halla. A la vez, ella puede acusarlo por lo que no aporta al hogar. Especialmente, dinero. Él responderá: Ella es muy gastadora.
De una manera u otra, lo que falta (a veces con la forma significante de lo que sobra, por ejemplo: kilos) funciona como causa de desencuentros y encontronazos en la economía libidinal de la pareja. ¿Esto tiene que ser así fatalmente? Es una experiencia general y también particular, que si se desea por lo que falta, se “sabe” que hay ausencia porque de algún modo se supone que algo podría estar presente. Para decirlo a través de un ejemplo práctico: en las masas hambrientas de algunos lugares de Asia o África una porción de arroz diario es una enorme conquista; para un obrero alemán es una afrenta. Si para el africano es la presencia presente de lo que hasta ese momento estuvo ausente, para el europeo es la presencia de lo ausente. Para el primero, es lo que viene de lo que no estaba. Para el segundo, lo que representa a todo lo que no se hace presente, a lo que falta de lo que estaba. Para el primero, es una realidad que temporariamente acallará a los significantes de lo que no está; para el segundo, será el significante que habla de lo que perdió. El primero agradecerá, el segundo protestará.
Las formulaciones de Lacan, no hay relación sexual y La mujer no existe, fueron entendidas como ofensivas para las mujeres. Nada de eso. Lo que quieren decir es que la afirmación universal de los niños/as pequeños de que los varones tienen pene y las niñas no se instala como saber sexual inconsciente. Por no encontrarle valor significante a la vulva (a la que ellas y ellos suelen llamar colita y que es lo que sí tienen en común nenes y nenitas). Menos le suponen dicho valor a la vagina, que se les presenta ignorada o a lo sumo confundida con el ano. “Saber” que, al darle al pene el valor de representante de la clase de los hombres, y al no encontrarlo que represente a la de las mujeres fuera del negativo, no tiene pene, no puede establecer relación.
Para que eso pudiera haber sido posible, tendría que haberse podido inscribir: pene = representante del hombre, x = representante de la mujer. Al no encontrar un significante que generalizando tomara el lugar de esa x, las mujeres se quedan sin un representante en el Inconsciente que represente a la mujer en general. Por eso las mujeres ponen tanto cuidado en su presentación particular. Mientras, los hombres tienden, excepto algunos, a ser descuidados, como ellas dicen.
Pero: ¿por qué la presentación a aquella edad tiene que haber sido vista, oída o tocada? Porque: 1) el lenguaje en su vertiente de sentido (significado) es tributario de una estructura binaria. En el Imaginario (el registro del sentido, de la imagen, del significado) lo que rige es +/-, hay /no hay, negativo /positivo, sí /no; 2) la modalidad infantil de percibir que las mujeres no tienen pene es un resultado imaginario. Efecto que la experiencia del cuerpo propio, con respecto a los genitales (en particular los femeninos), no puede consumarse, por lo menos hasta la pubertad. No constatándose entonces, la percepción de la vagina (complementaria natural, pero por dicho proceso, no simbólica del pene). El Inconsciente, cuyos fundamentos se constituyen en los primeros años, inscribe como significante, en esos tiempos, al cruce de las palabras con lo verificable por los sentidos. En esta ocasión, al quedar excluidos los sensoperceptores genitales, dicha constitución se produce sólo basada en la visión.
3) De ahí que Lacan, a esa suposición de pene, que los niños lógicamente imaginan en las mujeres y no encuentran, lo llame falo imaginario (- ).
4) La vertiente del lenguaje que se desbroza, despegándose de la percepción, es la del significante con capacidad de significar, no sólo por identidad de percepción (punto a punto, especular, imaginariamente), sino abriendo a nuevos sentidos por vía de la combinatoria y la sustitución metafórica con la producción de plus de sentido, creatividad, invención, y capacidad para horadar lo real. Pero eso lo hace, paradojalmente, porque su capacidad siempre es parcial, castrada, en tanto es incapaz de representarse a sí mismo y de recubrir a lo real. Por eso se halla exigido, para su cometido, a la interacción con los otros significantes.
5) Respondiendo entonces a la pregunta previa a estas puntuaciones. Efectivamente, como dice Saussure en una de sus definiciones sobre el significante, éste es: la presencia de una ausencia. Lo que exige que lo ausente, de alguna manera, haya sido reconocido presente antes lógicamente, para poder representarlo en su ausencia.
Entonces: el falocentrismo de la sociedad patriarcal reforzó, no generó, lo que sí genera por depender del lenguaje en su intersección con el cuerpo, la estructuración del ser parlante con su discordancia de tiempos constituyentes entre las funciones naturales del soma y su aprehensión por el significante. De ahí que las eternas discusiones sobre lo que falta en las parejas sean sostenidas por estas raíces inconscientes y no sólo por los hechos ocasionales que las disparan.
Entonces: el falocentrismo de la sociedad patriarcal reforzó, no generó, lo que sí genera por depender del lenguaje en su intersección con el cuerpo, la estructuración del ser parlante con su discordancia de tiempos constituyentes entre las funciones naturales del soma y su aprehensión por el significante. De ahí que las eternas discusiones sobre lo que falta en las parejas sean sostenidas por estas raíces inconscientes y no sólo por los hechos ocasionales que las disparan.
En verdad, reconocen como condición última que el verdadero castrado (por lo que referíamos anteriormente) es el lenguaje, ya que está condenado a quedar siempre en falta para sustentar la gestión de los problemas reales que presenta la vida. De donde: todos —hombres y mujeres— estamos castrados, aunque el imaginario sea incapaz de reconocerlo así. El imaginario, por el contrario, empuja a atribuir al otro, a lo que se nos opone como espejo, lo que produce malestar. La carencia y su resultado, el desencuentro (para Lacan: mal encuentro, encuentro fallido) no encuentra otra manera de tramitar los que atribuyendo/se culpas, por lo menos en el Imaginario occidental judeocristianomusulmán, tal como planteamos en el primer capítulo.
De ahí las necias rencillas por lo que no se encuentra, por lo que falta.
Pero el Imaginario promueve otros malentendidos al creer que ellos tienen y ellas no: 1) que las mujeres son frágiles y los hombres fuertes; 1.1) reacción feminista de por medio: que somos todas/os iguales, que sólo hay diferencias de género;1 2) que ellos tienen el poder y ellas son las sometidas; 2.1) de la reacción referida deriva también la creencia feminista que las mujeres son más iguales que los varones; 3) que a ellas hay que salvarlas y que ellos deben ser los salvadores.
De las creencias 1 y 2 derivan: El cuida, El muchacho, Superman, Regalo del cielo, Joven papá, El señor Buendía, El paganini, Pobre mi madre querida, Sin anestesia, el Doctor Cerisey, Belle de jour, traba/ja/Dora sexual, y El cantor de iglesias. De la renegación, la desmentida, parcial o total de las mismas, en tanto creen complementarlas, provienen: Cacho, El especialista de señoras, El falo sorete y, hasta cierto punto, El cantor de iglesias, El que regaló un empate, los obsesivos en general y parte de los homosexuales. De la reacción feminista: Las Lorena Gallo (reales o imaginarias) y su contrapartida, los Bobbitt (John Waynes brutales, o Cuidas apiadados). Del intento de esquivar por vía de la renegación y la desmentida dicha problemática: la propensión al Unisex, al Padre tecnológico y al Malevaje. De la 3 encontramos en todas las versiones; por eso mismo nos interesa analizarla un poco más, sin olvidar que está hondamente articulada a 1 y 2.
En el apogeo de la sociedad patriarcal, tal vez algo de lo que dicen esas versiones haya ocurrido. Aunque no debemos olvidar que en ese entonces (Josefina y Napoleón) surgió el dicho: Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. El “detrás” es ambiguo. ¿A su sombra? ¿Cuál de cuál? No olvidemos que detrás del títere está el titiritero. También detrás del amo, el súbdito, lo que significa que aquel es el que va al frente.
Acude a nuestra memoria la consigna más presente en las paredes cubanas en 1987: Adelante, comandante Fidel, somos su retaguardia segura. Pero es seguro que, a partir del ingreso masivo de las mujeres a participar en la producción y circulación de mercancías, algo cambió. Por ejemplo: en los usos del lenguaje de aquella época, las señoras, cuando se dirigían al marido, decían mi señor, con lo que se ofrecían en propiedad. Hoy esto no se escucha. En el mejor de los casos, dicen mi gordo. Con lo que se declaran propietarias de un atributo que puede predicar a un sujeto masculino, a un chancho, o a una ilusión de Navidad.2 En cambio, los hombres siguen diciendo mi señora. Se nos puede decir que es indicio de que toman a la mujer como propiedad y no de que se ofrece a ella en tal condición. Sin embargo, algunas otras variaciones en la lengua parecieran orientar más en este último sentido.
Es común en nuestro país que directamente la llamen: La patrona. Lacan relata en Encore que en Francia la llaman mi doña. También atrae la atención los distintos efectos de sentido que producen en esposa y esposo, que son los sustantivos que más se utilizan en nuestras tierras para designar el estado matrimonial.
Esposo claramente alude a hombre casado. Esposa permite dos sentidos: mujeres casadas y manecillas unidas por una cadena para asegurar al prisionero. Lo que probablemente también esté relacionado con que dos significantes que por sus letras deberían ser antónimos, pero que funcionan como sinónimos para indicar el acto de casamiento: esposar y desposar.
Además, se extiende el hábito, como expresión de no sumisión, de no usar el apellido del marido. Es desde estos mensajes de la Lalengua (neologismo con el que Lacan aludía al atravesamiento de la lengua en su creación de formaciones nuevas, por el deseo, el goce y sus encarnaduras en el sujeto) que volvemos a la volanta del título: La sexualidad masculina: ¿tiene patrón, o patrona? Respondemos sin hesitaciones, por lo menos para esta parte del siglo: tiene patrona, como creemos nos lo demuestran experiencias como las relatadas en el capítulo Papá y mamá.
En consecuencia, un poco más, un poco menos, todos los hombres quedamos debajo de las polleras, en primer lugar, las de la madre, y somos: más o menos pollerudos.
Recordemos a Pablo Lorenz, el Hombre de las ratas de Freud, y su escena bajo las polleras de la mamá, en posición de ser su falo. Además, ¡es tan lindo estar realmente abajo de las polleras de las mujeres que...! ¡Mi reino por una dama! ¡Lástima que no aprovechemos, para dejar de ser los esforzados Apolos Hercúleos que sostienen el mundo! ¡Mundo que suele reducírsenos a... La patrona! Aunque, a decir verdad, aquellos hombres que descansan en y viven de las mujeres (resultando ser el complemento, que por la negativa delega en ellas el atributo fálico) suelen aparecer más pollerudos que los que nos tomamos responsablemente (¡uf!) nuestro oficio de hombres.
En consecuencia, es imposible no ser pollerudo, lo que causa en la mayoría de los masculinos el deseo de no serlo. Es que el Otro sexo, como plantea Lacan en Encore, es la Madre, en tanto —como planteaba Freud— es por apuntalamiento en la Madre, o en quien haya ejercido su función, que los seres parlantes nos criamos y erogeiniamos. De ahí también que todas las mujeres sean pollerudas. Sus pasiones más apasionadas se despliegan positiva y negativamente con la madre y con la suegra.
Ya Freud advertía en muchas mujeres casadas en segundas nupcias que, en la primera oportunidad, lo habían hecho con un hombre cuyas características facilitaban que le transferenciaran la Imago materna, y en la segunda, la paterna. Pero dejamos para otro trabajo desarrollar el pollerudismo femenino. Claro está que sin perder de vista que, por lo menos en nuestra cultura, las polleras le quedan mejor a las mujeres que a los hombres.
La suposición de la castración en las mujeres convoca a los que se postulan como hombres a proponerse en función fálica, imposible de cumplir. Pero: en la relación entre hombres y mujeres, ¿son todas pálidas 3? No. También existe el amor. Es cierto que no es fácil encontrarlo y que cuando se lo encuentra es fácil perderlo. Es imposible, pero no siempre. Como contingencia, se logran escribir algunas bellas páginas con él, y aun atravesando peligrosas turbulencias, buena parte del libro de una vida.
Sus condiciones de posibilidad están, paradojalmente, en la misma castración que en otros párrafos explicamos: nos afecta a todos. Al ser carentes, deseamos. Pero el deseo, por su propia estructura, siempre desea otra cosa que lo que el sujeto cree. Porque lo que se consigue, en tanto es imposible conocer qué se desea, no es lo que ilusiona.
A veces, de manera bastante misteriosa, en este punto el deseo se engaña, cree que encontró el objeto que suponía buscar. En ese punto el amor flashea, hace signo. ¡Bendito flash! El engaño mutuo consiste, como lo planteaba Lacan, en dar lo que no se tiene a aquel que no lo es. Engaño fructífero, cuando es verdadero, cuando surge del fondo del corazón y no es el doble engaño que se produce cuando resulta de sesudos razonamientos. Doble engaño, que lógicamente funciona como una doble negación, dejando al desnudo la verdad maldita (maldicha) del desencuentro.
También puede ocurrir que el amor surja solamente como resultado de algún brillo fálico que deslumbre a cada uno del otro. Ahí la creencia es que se va a tomar del otro aquello de lo que uno carece y que uno es para el otro lo que le falta. Que va a haber complementariedad, relación sexual 4.
En la mayoría de los casos, está condenado a un fracaso más o menos rápido. Sólo necesita el tiempo necesario para que dichos brillos se opaquen o sobrecarguen. El mito de Aristófanes (en el que los Andróginos, partidos al medio en su bisexualidad por la espada de Zeus, buscan desde entonces a su otra mitad) aclara que el hallazgo haría un solo cuerpo. En consecuencia, estamos —en el terreno del amor narcisista— en aquel lugar donde la ilusión de completud lleva a la enajenación total y al sentimiento de ser sólo uno.
El verdadero amor es el de la verdadera madre (como vemos, la madre está siempre). La que en el juicio salomónico prefiere soportar la pérdida de su objeto, saberlo gozado por otra, que verlo muerto para amor de nadie. No son muchas las mujeres ni los hombres que logran amar así, pero a quienes les ocurre, aun en el dolor, sienten verdaderamente al amor y lo disfrutan no obstante distintas adversidades. Efectos de la articulación borromeica para la clasificatoria psicoanalítica.
Suponemos que a los lectores puede haberles llamado la atención que hayamos usado muy poco significantes como obsesivo, histérico y ninguna vez fóbico. En cambio aparecieron Pollerudo, El cuida, Superman, Regalo del cielo, Cacho, Buendía, Paganini, Padre tecnológico, etc... A algunos no les dimos nombre. Por ejemplo, al que por creer que el sorete es un falo se hace mierda y al prototipo de Papá y Mamá, pero es sabido que cualquier compañerito diría de ellos que son Nenes de Mamá.
Igual que del Anestesista, que no por eso perdería su significante nominante y adjetivante. Cuando lo hicimos, lo hicimos sin pensar. Primero hablamos. Pero luego procuramos significar lo que nos salió, y nos parece que reabrimos un camino interesante. Que, como en muchas cosas del psicoanálisis, previamente abrió Freud. En la Introducción de “Una neurosis demoniaca en el siglo XVII” dice: “Las neurosis de la infancia nos han enseñado que en ellas se conoce sin trabajo, a simple vista, mucho de lo que más tarde sólo es posible discernir mediante una investigación exhaustiva. Esperamos algo semejante de las enfermedades neuróticas de siglos anteriores, y así ocurrirá en efecto, con tal que estemos preparados para reconocerlas bajo rótulos diversos que los de nuestras neurosis de hoy. No nos asombre que las neurosis de esas épocas tempranas se presentarán con una vestidura demonológica, puesto que las de nuestra época apsicológica aparecen con vestidura hipocondríaca, disfrazadas de enfermedades orgánicas”.
La esperanza de que las enfermedades neuróticas de siglos anteriores permitiera conocer más de las actuales llevó a Freud a una observación sagaz. Las neurosis se presentan con vestiduras acordes con las creencias hegemónicas de cada época. Hay un aspecto de las mismas, la que tiene que ver con su ropaje imaginario, que varía según los tiempos. En ese sentido, nos parece muy adecuado, desde el punto de vista del psicoanálisis, que la representación de los sujetos (registro imaginario) resulte de lo que su discurso y el de la calle dice de ellos. En la formulación de Lacan, en el grafo de “La subversión del sujeto”, por el significado del Otro.
En cambio, en lo simbólico, nos parece mejor situarlos según el discurso en el que se articulan más habitualmente, la posición en que lo hacen y la falla por la cual entran en sus giros. No sin tomar en cuenta sus vías más habituales de articularse realmente a los mismos. Lo que Lacan llamó el sinthôme: para el hombre, la mujer que lo soporta, y aquella producción que lo articule socialmente en función de su deseo, sus limitaciones y potencialidades simbólicas. Lo real, obviamente, no acepta orden ni representación.
1 Véase el excelente artículo inédito de Cristina Corea: “La mujer: género o qué”.
2 En la Argentina se le dice “gordo” al premio mayor de la lotería de Navidad.
3 Argentinismo para indicar “malas noticias”.
4 En el sentido matemático del significante “relación” y en el del modismo que alude a fornicar.